miércoles, 13 de agosto de 2014

Hecho con amor en Buenos Aires.



"Amar a la vida a través del trabajo,
es intimar con el más recóndito secreto de la vida"

 Khalil Gibran


Hace un poco más de un año empecé a trabajar en un lugar, donde me tuvieron que explicar cada cosa que iba a hacer. Cero experiencia. Cero conocimiento. 1000 de nervios, ansiedad y todas esas cosas que a uno lo llevan a equivocarse y que le cueste aun más aprender. 
Me sorprendieron un montón de cosas.
Una de ellas fue que todavía tenía capacidad de aprender, cosa que estaba segura, había perdido con la edad y una juventud con algunos excesos. —¡En tu cara Doctor Miroli!
Pero sobre todo, me sorprendió cruzarme con gente dispuesta a enseñarle a otro. A contar cómo es su propio trabajo y a dejar de lado el «no avives giles».
Así que emprendí mis nuevas tareas contenta: porque iba de la mano de buenos "maestros", porque a todos los seres humanos nos encanta aprender, porque sentirse desafiado te suma vida y porque, tenía trabajo, que viene a ser algo fundamental para sobrevivir en sociedad. Eso o ser hija de Bill Gates, pero bueno, no me tocó.
Día a día fui aprendiendo cosas nuevas, no sólo el «know how» de este nuevo proyecto, también a relacionarme con las personas de otra forma. 
Pero en cierta ocasión pasó algo que me descolocó: de golpe y porrazo, uno de mis jefes me pidió por favor que hiciera algo, algo que estaba incluído dentro de mis tareas normales. No me pidió nada fuera de lo común como que tome café haciendo la vertical. Tampoco era nada que tuviese que ver con un beneficio para él, como donarle sangre a su perro que lo atropelló un auto o que deposite plata en una cuenta extraña para hacerse algún tratamiento de células tía. Era algo normal, ordinario, propio del trabajo por el cual me paga el sueldo y que para más detalle, yo me había olvidado de hacer.
Y no sólo me lo pidió por favor, también me preguntó si necesitaba ayuda para hacerlo o alguna nueva explicación. Acepté todo: la ayuda, la explicación y recién ahí lo hice.
Cuando terminé, me dio las gracias.
ME DIO LAS GRACIAS. Por hacer mi trabajo. Trabajo que él me ayudó a hacer. LAS GRACIAS.
Y se empezó a repetir esta conducta. Yo hacía lo que debía hacer, y tanto él, como mis demás jefes y compañeros, me daban las gracias.
Al principio no entendí. O entendí mal. Pensé mal, porque ante todo, ser pelotuda: ¿me da las gracias porque soy tarada y las cosas no  me salen? ¿me da las gracias porque piensa que soy tarada y hacer algo bien es un esfuerzo? Después miré mejor. Resulta que ellos siempre piden por favor y agradecen todo. Y ahí me acordé que cuando era chiquita me habían enseñado algo de eso... de permiso, por favor y gracias. Que la gente es buena y bien intencionada hasta que se demuestre lo contrario.
Andá a saber. capaz alguno de ellos lee esto y me terminan echando por loca.
Pero la realidad es que me costó acostumbrarme a que me traten bien.
Perdimos algo como sociedad hace rato y no está bueno. 
Nosotros hacemos lo que tenemos que hacer, pero nuestra voluntad, nuestras ganas, hacen que nos salga mejor. Más lindo.
Y lo sano, lo correcto, lo normal, lo feliz es que la gente se agradezca. Que la gente se hable bien. Que la gente se pida por favor,  no sólo cuando necesitan favores.
Soy feliz de tener un trabajo que me plantea un desafío. De tener un trabajo. Pero soy mucho más feliz de trabajar con personas, de sentirme respetada aun siendo la que menos entiende el juego. De saber que cuento con una palabra de aliento cuando las cosas me salen mal.
Ojalá todas las empresas fueran igual. Ojalá no perdamos más. Ojalá nadie se sorprenda cuando es bien tratado. Ojalá a todos ustedes les esté pasando lo mismo.
Ojalá esté a la altura de la gente que me rodea.
Entendí que no todos los "slogans" son para vender humo. Tengo la fortuna de pertenecer no a una empresa, sino más bien, a una familia con fines de lucro. Hecha con amor. En Buenos Aires.






sábado, 29 de diciembre de 2012

Cortito y real.

—Tenemos que hablar sobre esto que te está pasando. No es sano que pases el día hablando sola.
—¿Y vos qué podés saber de salud, si no sos más que un reflejo?






Ajam...

No esperes irte de acá con una sonrisa o con nuevos conocimientos. Esto es catarsis, es indirectas, es directas y es yo.




Gracias MX por ayudarme a expresar mejor la idea...